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El Kiosco Sangriento: Iluminado

El Kiosco Sangriento: Iluminado
Por Doctor Blood

Otro día que llegaba, el despertador le anunciaba que la tortura había empezado. Desde que lo apagaba, miles de ideas se agolpaban en su cabeza para salir; pero no seguían un orden normal, sino simplemente todas bullían por salir, a la vez y entremezcladas. Antes de entrar a la ducha, el dolor de cabeza era intolerable. Ya conocía a todos los neurólogos y psiquiatras disponibles en su país, y nadie había logrado nada. Veinte años atrás, cuando esa vorágine había comenzado, decidido empezar a escribir sus ideas. Como eran muchas, y se empezaban a acumular en su dormitorio, comenzó a enviarlas por correo a las editoriales. Desde entonces, publicaba a lo menos tres libros por año.

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Cuentos de Bar: Favor…

Favor…
Por Dark Angel

“Permiso” dijo ella para poder pasar por la estrecha barra del bar hasta el asiento más próximo. Gabriel la reconoció inmediatamente por el suave roce de esos pechos turgentes en su espalda que él conocía tan bien. Fue como una descarga eléctrica que llegó directamente hasta su sexo. Se sintió incómodo pero logro controlarse. Tratando de disimular su nerviosismo, le dijo: “Hola, cómo estás. Pensé que ya no venías.”

“Lo siento, me atrasé. El cliente de las cinco me tomó más tiempo del que pensé”.

“No hay problema. Igual estaba entretenido viendo el partido”.

Gabriel no podía despegarle los ojos de encima. Ese cuerpo curvilíneo, esas tetas bien puestas, que ella mostraba generosa siempre en escotes que te dejaban sin respiración. Esas piernas, que ella sabía mover con una femineidad infinita… Y esas manos, tan suaves, que lo traían loco, desde hace meses… ¿Cuánto hacía del accidente? No recordaba bien ya pero estaba por cumplir un año. Un año justo de conocerla… De sentirla en su piel. De olerla casi todas las tardes, después de la pega.

“Cuéntame, ¿para qué me llamaste? Disculpa que venga tan apurada pero sabes que en una hora más me espera el cliente habitual de Manuel Montt. El viejito ese que tú sabes…”.

“Lo se. Te pido que por favor no me lo recuerdes”, y mientras decía esto desvió su mirada al suelo, tratando de poner en orden las ideas en su acalorado cerebro. Si, ella lograba ese efecto en él. No lograba pensar bien. Estaba en eso cuando ella interrumpe sus pensamientos:

“A todo esto. Gracias por las flores. No es habitual que mis clientes me hagan ese tipo de atenciones”.

“De nada”, contestó un poco turbado, “es lo mínimo que puedo hacer después de todo lo que tú has hecho por mi. Me has enseñado muchas cosas que no sabía y te lo agradezco”.

Ela miró el reloj y se impacientó. Lo miró directamente a los ojos, a esos ojos pardos que a ella siempre le habían gustado:

“Disculpa, se me agota el tiempo. Puedes ir al grano, ¿por favor?”

“Si, claro”. Gabriel respiró profundamente y como tomando fuerzas le dijo, “Yo tengo claro que después del accidente mi vida no sería la misma sin ti. Tú me ayudaste a reconciliarme con mi ego herido. Todas las sesiones que tuvimos juntos fueron maravillosas y no sabes cómo te agradezco eso. Te diste por entero y aunque se que es tu pega de algún modo sentí que ponías un poco más de lo que era estrictamente profesional, ¿o me equivoco?”

“No, para nada. Eres un hombre muy agradable Gabriel. Para mi ha sido un placer atenderte, de verdad. Además que eres tan caballero, eres de esos hombres que ya no quedan.” Ella lo miraba y sonaba sincera. Casi la sintió más cercana de lo que la relación comercial lo permitía.

“Bueno, te invité a mi bar favorito para agradecer todas tus atenciones. Tengo claro que es tu pega y que eres una de las mejores en tu profesión” (Ella sonrió a modo de “gracias”) pero lamentablemente me acaban de despedir y no voy a poder seguir contratando tus servicios. Por eso te invité en realidad, para hacer más grato este momento amargo. Me va a costar prescindir de ti”. Al decir esto trató de sonreír, pero la mueca le desfiguró un poco la cara y no pudo seguir disimulando su pena. A ella, tantos años de profesión le habían desarrollado la sensibilidad suficiente como para poder sentir la incomodidad de su cliente.

“Mira, igual ya estábamos a punto de terminar con las sesiones periódicas, ya lo habíamos hablado, ¿te acuerdas? (él asintió). Entonces, te voy a proponer algo solo porque eres mi cliente favorito” y se rió llena de coquetería, de esa que fluye natural en mujeres como ella. “Te voy a atender gratis hasta fin de mes. Si no has encontrado trabajo para entonces, haremos un nuevo trato, ¿te tinca?”

A Gabriel se le iluminaron los ojos de alegría. Estaba feliz. Con un gesto llamó al mozo para que trajera la cuenta. Estaba conciente que no podía robarle mucho más tiempo.

“No sabes cuánto te lo agradezco. Sólo te voy a pedir un favor antes que te vayas”, y le dijo esto mientras se inclinaba muy cerca de su cuello, tan cerca estaba que le podía sentir el perfume.

“Tú dirás, Gabriel”

“¿Me pasas mi muleta que está al otro lado de la barra, por favor?. Aún me cuesta bajarme de estos asientos tan altos. Si me senté en la barra porque el bar estaba lleno cuando llegué.”

“No te hagas problema. Aquí tienes. ¡UF! Disculpa pero debo irme ahora. Ya se me hizo tarde para el viejito…”

“Si sé. Te pedí que no me lo recordaras, de verdad que no quise atropellarlo. A él lo siguen atendiendo por el seguro ¿cierto? (ella asintió) ¡Me alegro! Es un problema menos. Entonces nos vemos mañana en tu consulta a las siete como siempre. Empezamos con las aplicaciones de calor otra vez, ¿verdad?”

“Si dijo ella. Calor y masajes como cada jueves. No te olvides de llamar a mi secretaria para que te reserve las horas restantes de aquí a fin de mes. Recuerda que últimamente he estado muy ocupada.”

Y diciendo esto, Gabriel la vio salir del bar con su bolso y su uniforme blanco de pantalón y chaqueta, que más destacaba sus curvas perfectas, mientras se quedaba pagando la cuenta. Afirmado en su muleta, se decía a si mismo con una sonrisa maliciosa: “Algún día, cuando me mejores, te haré mía”.

(Tema: “Kiss from a Rose”, Seal).