Y el mea culpa de la Concertación… ¿cuándo?

Me declaro parte de ese 48% de chilenos que, entre fines de 2009 y principios de 2010, buscó mediante su voto evitar que la Derecha llegase al poder. Si bien a la hora de sufragar muchos se inclinan por aquel candidato cuyas promesas de campaña mejor busquen satisfacer las necesidades -individuales y colectivas- que se estima deben ser resueltas con mayor urgencia, quiero pensar que el electorado tiene también en vista cuestiones más de fondo, principalmente de naturaleza ideológica, al momento de tomar la trascendental decisión de optar por uno u otro candidato.

Cuando hablo de “ideologías” no pretendo con ello referirme a adoctrinamientos político partidistas, sino que al simple ejercicio de evaluar qué tipo de conducción estadual nos parece más propicio y nos identifica más: si acaso uno más social y solidario, o bien, otro de corte más individualista. Tanto aquí como en la quebrada del ají, un gobierno de Derecha es radicalmente distinto de uno de Izquierda, y no hay que ser experto en Teoría Política para advertir aquello.

En lo que a mí concierne, cada vez que me ha tocado ir a las urnas en elecciones presidenciales he intentado ser consecuente con lo anterior. Opto por aquellos candidatos que ofrecen un programa realista y viable, encaminado a la solución de las más urgentes necesidades de la población (muchas de las cuales obviamente me empecen), pero también tomando en cuenta que existen ciertos valores y principios que me identifican, y que estimo deseable sean los que determinen la forma en que se conduce el país.

Sin embargo, admito que en la última elección presidencial lo anterior no fue suficiente, y me traicioné a mí misma. Y no obstante tener decidido mi voto con meses de anticipación, finalmente modifiqué dicha decisión encontrándome ya al interior de la cámara secreta y con el lápiz en la mano. ¿Porqué?. Simplemente porque en ese instante pesó más en mí la necesidad de evitar por cualquier medio un Gobierno de la Derecha, cuyos valores y principios no me identifican en nada.

Probablemente muchos hicieron lo mismo, pues se vieron enfrentados a igual dilema: ¿cómo impedir que la Derecha llegase al poder y, al mismo tiempo, dar a la Concertación una lección, un remezón por su estancamiento de los últimos años?. Si bien tiempo atrás podía declararme abiertamente “concertacionista”, era de aquellos “autoflagelantes” y no siempre complaciente con su gestión, pues pienso que en 20 años se pudo hacer mucho más, y lo que se hizo, siempre pudo ser mejor.

No soy partidaria de la alternancia en el poder por la sola cantidad de años transcurridos. Si bien es necesaria, debe darse cuando las cosas no se están haciendo bien, y no justificarla exclusivamente en el factor tiempo, pues los vicios que éste conlleva pueden y deben ser evitados por un buen Gobierno. La Concertación, en el poder, perdió sus bríos iniciales, se llenó de vicios, y pecó de soberbia al no corregir sobre la marcha sus falencias. Por eso mucha gente sostiene que no fue la Derecha quien ganó las elecciones, sino la Concertación quien las perdió, toda vez que una parte del porcentaje de votos que obtuvo Piñera fue más un castigo a la Concertación que un apoyo real al candidato; y si bien puede no haber sido un porcentaje abultado, sí resulta trascendente en una elección que se define por una diferencia de 3%.

Lamentablemente, siento que ese remezón que buscamos darle a la Concertación no produjo el efecto esperado. Hoy, a menos de 2 años de una nueva elección presidencial, y ya en el inicio de la temporada de sondeos y pre-candidaturas, la Concertación espera sentada la hora de la verdad, confiando en que Michelle Bachelet vendrá a salvarles. Y es verdad: a mi juicio Bachelet tiene un capital político muy preciado y abundante, una especie de “cuenta de ahorro” de apoyo ciudadano y popularidad, sumado a la circunstancia de encontrarse ocupando en la actualidad un importante cargo en Naciones Unidas, lo que la prestigia aún más al dejar en evidencia la valoración que de sus capacidades se hace a nivel internacional.

Mirando bajo el agua, si bien aquello pudiera en principio estimarse como algo perjudicial pues la aleja de la escena política nacional, tiene la ventaja de evitar verse envuelta en conflictos de política interna, y aunque éstos de igual manera pudieren salpicarle, la imposibilidad de pronunciarse inmediatamente a su respecto le otorga el grato bálsamo del tiempo, que en un país de tan corta memoria como éste suele ser un bonito y útil atenuante de las situaciones más complicadas.

Si hay una cualidad que la ciudadanía aprecia en Bachelet es que la considera honesta. Esa honestidad es la que, a mi entender, hará que la ex Presidenta no tenga problemas en admitir –tanto en campaña como fuera de ella- aquellas cosas que en su Gobierno no se hicieron, o bien, se hicieron a medias o derechamente mal. Y después de haber pasado por la mala experiencia de tener durante 4 años al Jefe de Estado menos creíble de las últimas décadas, eso es ya un gran avance, y la gente lo agradecerá.

No obstante aquello, el problema persiste. En el evento de ser reelecta, Bachelet no gobernará sola, sino rodeada de una elite política que ha intentado perpetuarse en el tiempo, llena de vicios, e incapaz durante estos últimos 2 años de acusar recibo del golpe dado en las urnas. Me impacta, y al mismo tiempo me avergüenza profundamente, que el sector político que más me identifica desde el punto de vista ideológico no tenga la valentía suficiente para hacer una profunda autocrítica, y el consecuente y necesario mea culpa.

Hace un par de días comentaba este mismo tema con una persona cuya lucidez en el análisis de la contingencia política nacional siempre me sorprende. Y esta vez no fue la excepción pues, en una sola frase, logró resumir la raíz de este problema. Al comentarle mis inquietudes, al cuestionarnos el porqué de esta gran desidia de la Concertación, y al reflexionar juntos respecto de la ineptitud de la Oposición para capitalizar a su favor el mal Gobierno de la Derecha, su respuesta fue tan simple como contundente: “La Concertación no es capaz de aquello pues también es parte del problema. Si la Derecha lo ha hecho mal no es sólo por ineptitud, o por basarse en una ideología insatisfactoria a efectos de resolver los problemas sociales. La Derecha no ha podido hacerlo mejor porque ha debido resolver los pendientes de la Concertación”.

Finalmente me cerró el cuadro. La Von Baer no estaba equivocada del todo. Por más que nos empeñásemos en ridiculizarla cada vez que en su rol de vocera intentaba endosar a Gobiernos anteriores la responsabilidad de un problema que había explotado durante el Gobierno actual. Al parecer, la casa no estaba tan ordenada como pensamos que la habíamos dejado. Si aquello es efectivo, la ausencia de mea culpa por parte de la Concertación es aún más grave, no sólo porque no existe un reconocimiento de los errores cometidos a nivel de colectividad, sino también por la soberbia que existe tras la falta de autocrítica, y la cobardía de no enfrentar las consecuencias perjudiciales que una acción negativa trae necesariamente aparejada. Tanta es su desidia que, más allá de perfeccionar a nivel parlamentario un par de proyectos de ley presentados por el Ejecutivo, la Oposición en estos últimos 2 años no ha hecho nada.

Lo triste de todo esto es que el dilema de la elección presidencial anterior se me viene de nuevo encima, y sin posibilidad de solución cercana. ¿Votar por Bachelet sólo para sacar a la Derecha del poder, pero sabiendo que estará rodeada de soberbios llenos de vicios? ¿Votar por la Derecha para ver si esta vez la Concertación por fin aprende la lección?. Según los resultados de la última Adimark, el 66% de los chilenos podría potencialmente encontrarse en este mismo dilema; pero como están hoy las cosas, ni el Chapulín Colorado podrá defendernos.

Escrito por @LaGuacolda

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