Infierno

Después de un rato logra reaccionar. Sabe que no es normal, el entorno, el aire, los entes que lo rodean. Pero su estrecha y obnubilada mente aún no es capaz de dar una explicación racional: él, que se gana la vida siendo racional, no sabe aplicar la razón a lo que le sucede. De hecho, no es capaz siquiera de definir lo que le sucede…

Luego de pasados unos minutos logra no sentir el corazón en su cuello y lentamente el sentido común empieza a volver a su lugar. Todo lo que sucede es racionalizable, por tanto simplemente hay que juntar las piezas y comparar el resultado con algo conocido. Si estaba con el corazón acelerado debía ser por temor… pero a qué… a lo desconocido claro, es normal. Si sólo lograra tranquilizarse un poco más para observar el entorno y definir lo que pasa…

Segundos más tarde todo está claro: está en… el infierno. No existe otra explicación racional. Desde que volvió en sí el temor lo envuelve; quienes lo rodean no tienen buenas intenciones para con él, con ellos mismos o entre ellos; el odio se respira en el ambiente. Cada vez más el mal se hace más y más poderoso, y todos quedan como si nada, indolentes frente a la realidad; de hecho, muchos esbozan sonrisas al conocer relatos de la realidad…

Pero no podía ser, no recordaba haber muerto… pero como no se sabe nada sobre lo que hay tras la muerte, podía ser posible, morir sin saberse muerto… ¿Pero el infierno? Su mente racional no creía haber actuado tan mal en su existencia; sin embargo, sus sentimientos… aquel lastre que dejó escondido en algún recóndito rincón de lo que consideraba vida… ¿y si fuera eso, vivir sin sentimientos merecía la condena eterna en el averno? No, no era un argumento racional, era emocional…

No cabía duda, era el infierno… la condena al mal sempiterno, sin segundas oportunidades, sin posibilidades de redención, sin expectativas de ninguna índole; sólo sufrimiento tras sufrimiento, el imperio del mal por todos lados, dolor, maldad, soledad, inclemencia, crueldad, desidia… su raciocinio, muy a su pesar, nuevamente había encontrado la respuesta. Pues bien, ya nada quedaba por hacer. Simplemente terminar de tomar su café de desayuno y partir nuevamente a su trabajo…

Cuento original de Doctor Blood

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