Caleidoscopio: Soy intolerante… ¿y qué?

Soy intolerante… ¿y qué?
Por @LaGuacolda

Siempre me ha generado suspicacia la gente que se define tolerante, y utiliza tal adjetivo como el primero y más trascendente de lista de virtudes que adornan su autodescripción. Tanta ligereza me abruma, pues apostaría que muchos de ellos no tienen siquiera claro el alcance de ese concepto, y otros tantos, si bien pueden tenerlo, al parecer estiman que dicha comprensión es suficiente, y que una conducta en consecuencia no resulta tan necesaria. Estos últimos, los “demagogos” del respeto al prójimo, son los que más temor me generan.

Y aún más: ya la propia palabra “tolerancia” me parece contradictoria en sí misma. No deja de ser curioso que la expresión que se utiliza para referirse al respeto por las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes a las propias, sea una expresión que más bien refleja una aceptación de mala gana y con desagrado que otra cosa.

Tolerar… Tolerar… ¿Le suena a respeto de buen grado ante la diferencia?. A mí, no. De hecho, y si me permiten lo burdo del símil, la imagen que se me viene a la mente cada vez que escucho a una persona autocalificándose de tolerante y, acto seguido, discutiendo irrespetuosamente un tema “X” con un tercero que piensa distinto, es la de estar chupando un limón.

Esta imagen mental me fue muy recurrente el pasado martes, al ver el debate que se produjo en el Senado, previo a la votación de la Ley Anti Discriminación… y no sólo en la sala, también en las tribunas. Escuchar a ciertos grupos religiosos usar la “Palabra de Dios” como argumento para avalar la supuesta existencia de una categoría superior de personas, no obstante saber que ese mismo Evangelio es el que enseña a quienes tienen el don de la fe a ver a Jesucristo en cada prójimo, me resulta cuando menos chocante.

Y ni hablar de ciertos honorables Senadores, cuyo discurso pro-tolerancia no se condice en nada con el voto de rechazo emitido, astutamente camuflado en fundamentos de orden “estrictamente” jurídico. Esta situación me lleva a concluir que el concepto “tolerancia” es utilizado a destajo y sin el menor respeto a su significado último. Y no es difícil comprender la lógica que subyace en aquello: ser tolerante es políticamente correcto, y de seguro me garantiza unos cuantos votos más… y aunque mi conducta (y en especial, mi cara de “chupar limón”) pudiera eventualmente dejarme en evidencia, eso no importa, sólo vale mi discurso.

Ser tolerante está de moda, y es una pena que así sea. No sólo porque toda moda es pasajera, sino que – más grave aún – esa corta vida se basa en la falta de arraigo profundo de su significado último en el colectivo, y de real respeto al mismo.

Por mi parte, me declaro abiertamente intolerante, y no porque no acepte al que piensa distinto, sino porque aún tengo el mal hábito de intentar convencer a ese “otro distinto” de que mi postura es la verdad de la milanesa. Cuando pueda lograr la madurez suficiente para erradicar de mi conducta ese afán, recién podré decir que realmente respeto a quién se sienta a mi lado. No me interesa meramente tolerarlo: no me gusta escuchar a la gente que me habla, con cara de estar chupando un limón. Me interesa ser respetuosa en todo ámbito de la vida, y me falta mucho para lograrlo.

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4 Respuestas a “Caleidoscopio: Soy intolerante… ¿y qué?

  1. Estas leyes anti discriminación establecen una desconcertante dictadura de las minorías por sobre las inmensas mayorías de la sociedad, realzan los valores individuales, aun los más perversos o peligrosos, por sobre el bien común.
    Un desastre.

  2. Daniel Arellano

    ¿Dictadura de las minorías, Marco G?. Por favor, aquí la verdadera minoría es el grupo de ultra conservadores y ultra derechistas que ha manejado los hilos del país desde fines de los ’70. Esos que se golpean el pecho cada fin de semana en la misa pero que no tienen escrúpulos para vender el país, pagar sueldos miserables e incluso estafar a la gente, como los ejecutivos de La Polar.
    Saludos

  3. Estimado Marco G.: concordamos en algo, y es que es un desastre que existan leyes anti discriminación, pero diferimos en el motivo por el cual las estimamos nefastas. Para ti, hacen surgir una dictadura de las minorías. Para mí, es una vergüenza tener que dictar leyes para proteger la igualdad, que es algo consustancial al ser humano. Una ley anti discriminación no hace superiores a los discriminados al protegerlos, todo lo contrario: busca garantizar que su status sea el mismo que tienen aquellos que arbitrariamente los discriminan. Que para lograr aquello sea necesaria la dictación de una ley me parece francamente aberrante. Saludos.

  4. Yo creo que da lo mismo si aprueban o no la famosa ley, porque a la hora de los que hubo se la van a pasar por la raja como todo lo demás.
    Lamentablemente estamos en un país intolerable donde una minoría muy minoritaria tiene el control de todos los ambientes que componen los estamentos gubernamentales y por tanto, por muy ley que haya, al final con compadrasgos y protecciones varias la aplicación de la ley se ira por el water…

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