Segunda Opinión: Carta abierta a Andrés Wood

Carta abierta a Andrés Wood
Por @Meme_Jane

Andrés:

Honestamente no tengo un motivo muy concreto para escribirte. Sin embargo, desde que supe de tu película, me nació la necesidad de contarte una historia que seguramente no te servirá de nada, y que sólo para mí es importante, pero que tiene todo que ver con la Violeta.

Tengo 33 años, soy hija única, adoptada a los 4 días de vida por una pareja humilde, sencilla, y llena de amor para dar. Mi padre, enfermero naval de actuales 80 años, hombre brusco y exigente, pero con un sentido de justicia que me ha inspirado siempre. Mi madre, dueña de casa, sin estudios, mujer silenciosa, de hacer aseo y escuchar radio AM mientras cocinaba, de pocos abrazos y palabras cariñosas, pero de amor concreto como ninguna… ella dejó este mundo hace 22 meses.

Mi viejo, no obstante ser marino, siempre ha sido de izquierda, y aunque mi madre no entendía mucho de política, durante mi infancia mi casa fue una especie de burbuja, en que se escuchaba música de protesta a escondidas y con el volumen bajo, por miedo a que los vecinos (casi todos marinos) nos “sapearan”. Recuerdo que papá no veía TVN, porque decía que no le gustaban los “canales momios”… y recuerdo también un buen par de tirones de oreja que me dio por reproducir esas mismas palabras en casa de algún compañerito de colegio, aunque ni siquiera entendía muy bien qué significaba eso de “momio” (seguro los padres de mi compañerito lo entendían perfectamente).

En mi casa había 2 símbolos máximos de revolución contra la Dictadura. Uno era un banderín con la cara de Salvador Allende, que mi papá tenía muy bien escondido detrás de un cuadro, como si fuera una caja fuerte con un montón de joyas. Cada vez que a casa venía alguien de confianza, o que tuviera un pensamiento político similar al nuestro, mi papá sacaba el cuadro y dejaba a la vista el banderín, con sus ojos llenos de lágrimas y gritando alguna consigna en favor del Chicho y en contra de los milicos. El otro símbolo era un cassette (pirata, obviamente) de la Violeta que, por las dudas, se guardaba en el cajón de la ropa interior de mi vieja…. y gracias a él es que me pasé la infancia entera escuchando las mismas 12 canciones, aprendiéndolas de memoria, intentando sacarlas en guitarra y, más tarde, ya con mayor madurez, entendiendo su sentido último. Allí la admiré más, cuando entendí sus letras, y para mi fortuna, eso coincidió con el retorno a la Democracia… ya podía gastarme la mesada de $500 que me daba mi viejo el 89′ en cassettes originales, posters y cancioneros fotocopiados.

El destino de ambos símbolos fue muy dispar. La noche del triunfo del NO mi viejo sacó, eufórico, el cuadro tras el cual escondía el banderín, que era un simple trozo de tela estampado que no había sido tocado durante casi 17 años. Lo despegó de la pared con mucho cuidado, y lo llevó a la cocina para limpiarlo con un paño humedecido y sacarle el polvo, pero al hacerlo, el banderín se desintegró como si fuera de arena, por lo apolillado que estaba. Nunca había visto a mi papá llorar tanto como en ese momento, pero luego comprendí que no lloraba por materialista, sino que por la pérdida de lo que fue el símbolo de su anhelo de libertad y justicia por casi 2 décadas… y bueno, también era un llanto contenido por casi 2 décadas.

El cassette de la Violeta, en cambio, lo guardo como a un tesoro hasta el día de hoy, e incluso a veces lo escucho en algún personal stereo ochentero que aún funciona en esta casa, pero no muy seguido, porque me da miedo que se me enrede la cinta, y pasar a ser yo misma la protagonista de una escena dramática como la de mi viejo con su banderín. Como puedes ver, la Violeta me ha acompañado toda la vida, pero sólo el día de la muerte de mi madre entendí el porqué de su presencia tan marcada, más allá de ser un simple símbolo de mis convicciones e ideales.

Dos noches antes de la partida de mi vieja, y mientras velaba su sueño, tomé mi notebook para entretenerme en algo y evitar que el cansancio me ganara. Abrí un archivo que tenía guardado con las Obras Completas de Mario Benedetti para leer un rato. Elegí “La vida, ese paréntesis” (obviamente porque en ese momento este título tenía un nuevo significado para mí), y dejé que el azar hiciera lo suyo. Así fue que me detuve en un poema llamado “Sonata para Adiós y Flauta”, que me pareció fue escrito para que yo lo leyera en ese preciso instante: “Te vas tan sola como siempre, te echaremos de menos, yo y los abrazos de la tarde, yo y mi alma y mi cuerpo…”. De alguna forma sentí que, a través de ese poema, le decía a mi madre todo aquello que no pude decirle mientras estuvo despierta, o mejor dicho, lo que no me atreví a decirle, porque ella era una mujer poco demostrativa a la que le costaba hablar de afectos, y también para evitar que pudiera notar que la despedida estaba tan cercana. En ese momento no lo sabía, pero de su sueño de esa noche ella no volvió a despertar.

Hoy me parece curioso haberle dicho mis sentimientos a través de un poema leído mientras ella dormía, pues a mi mami no le gustaba la poesía, le aburría. Si había algo que odiaba en la vida era escuchar grabaciones con la voz de Neruda, y hasta parece que aún la estoy oyendo decir: “Ay! me carga ese viejo!”. Ella sólo se sabía un poema, de la Mistral, y como es lógico, me lo enseñó cuando yo era niña. Hoy también me resulta una curiosa coincidencia que ese poema diga: “Madrecita mía, madrecita tierna, déjame decirte dulzuras extremas…” (las dulzuras que solo pude decirle cuando ella – la madrecita de mi propio poema – ya no podía escucharlas).

Como contrapartida, ella amaba la música, y a pesar de sus 77 años al momento de morir, tenía gustos muy onderos, los que iban desde Calamaro hasta Vicentico, pasando por Virus y todo el rock latino de los 80′, incluidos Los Prisioneros (bueno, además de los tangos, boleros, y los típicos cantantes medio amanerados que suelen gustarle a las señoras de más de 50 años: Juan Gabriel, Camilo Sesto y Raphael)… y por supuesto, la Violeta (incluso me pidió que para la celebración de sus 50 años de matrimonio les cantara acompañada de mi guitarra “Que pena siente el alma” para poder bailarla con mi viejo, en lugar del típico Vals de los Novios). Y en una extraña y sobrenatural coincidencia, siendo las 12:06 del lunes 5 de octubre de 2009, mi vieja partió para siempre, en el instante exacto en que, en el televisor de una habitación vecina a la suya en el hospital, mostraban un homenaje por el natalicio de la Violeta y sonaba a todo volumen “Gracias a la Vida”… mi vieja, la que nunca habló de afectos, la que pocas veces abrazaba o acariciaba, la que muy contadas veces me dijo “hija, te amo”, me respondía así al poema que 2 noches antes le leí. Por su parquedad y frialdad, siempre creí que era una mujer infeliz, pero con la respuesta que me dio a través de la Violeta, supe por fin que su vida fue plena, más plena de lo que jamás imaginé.

¿Porqué te cuento esta historia, a pesar de saber que sólo es relevante para mí? Por pura gratitud hacia ti, y hacia la película que has hecho, y para que sepas que detrás de cada historia que se proyecta en la pantalla grande, siempre puede haber personas anónimas con historias más pequeñitas y menos importantes que la que tú cuentas, pero profunda y casi sobrenaturalmente vinculadas a ella, como es mi caso.

De corazón, mil gracias.

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Una respuesta a “Segunda Opinión: Carta abierta a Andrés Wood

  1. Daniel Arellano

    Bonita historia la que has compartido con nosotros. Yo aún no voy a ver la película pero espero reparar pronto esa falta.
    Saludos

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