Segunda Opinión: Reconstrucción S.A.

Reconstrucción S.A.
Por Gustavo Sierra, Periodista Diario El Clarín, Argentina

Introducción: Lo que leeran a continuación es el reportaje aparecido hoy domingo en el diario argentino Clarín, en el cual su enviado especial a Chile muestra, desde su óptica de periodista extranjero, lo que sucede con la reconstrucción de las zonas golpeadas por el fuerte terremoto del 27 de febrero de 2010. El título no es más que la confirmación de que todo se está entregando a la empresa privada, mientras que el rol del Estado es casi nulo. Para leer y reflexionar a pocos días del primer aniversario de la catástrofe.

“Todavía está vivo. El terremoto sigue ahí. Chuta madre, tiembla todos los días. Si ayer crujía la pieza que tenemos como si fuera papel”. Lo cuenta don Guillermo Andrade mientras mira con una tristeza infinita el pedazo de tierra y arena donde estaba su casa frente a la playa de Dichato. “No me hallo en el campamento. Yo soy del mar. Desde los 13 años que anduve en la pesca. ¿Y ahora a los 70 me van a cambiar? ¡A mi no me cambia ni el tsunami!”, sigue Andrade hablando bajito sentado en una parecita que quedó de la casa del vecino. En la única estructura de ladrillos que está en pié se puede leer una enorme y prolija pintada en rojo: “No expropiar. Dichato no se vende”. Es la consigna de rebeldía de la gente de este pueblo de pescadores que la madrugada del 27 de febrero del año pasado fue arrasado por el maremoto que siguió al terremoto de 8,8 grados y se convirtió en el símbolo de la tragedia. Acá había oficialmente 3.488 habitantes y 1.817 casas. También, oficialmente, hubo 26 muertos y 50 desaparecidos. Pero la cifra real aún hoy sigue siendo confusa. El 80% del pueblo quedó destruido y 450 familias permanecen sobreviviendo en un campamento de casitas prefabricadas con la abundante madera de pino y eucalipto de la zona pero sin respuestas reales. “Acá vinieron a querer comprarnos todo por dos peso´, lanza Andrade de golpe. Andaban queriendo dejarnos de allegados en el campamento para siempre. Pero `nosocho´ vamo´ a resistir”, dice y la cara se le ilumina mirando al mar. “Me voy a traer la dos aguas (estructura de madrera y chapas) pa´acá cerca de la playa, que es mío. Me lo dejó mi padre. ¿Cómo voy a vivir ahí arriba en el cerro si yo soy del mar?”.

El campamento El Molino es un verdadero barrio prolijo de calles de tierra anchas, casitas de madera, con una escuela primaria y guardería, al menos tres almacenes, decenas de antenas de televisión satelital, reparto de garrafas y mucha iniciativa privada. Señoras que amasan pan, un tallercito de reparaciones eléctricas, un kiosquito ilegal de bebidas alcohólicas. El lugar lo levantó el Ejército tres semanas después del maremoto y los chicos voluntarios de Un Techo para Chile siguen hoy construyendo. “Esto es una gran contradicción. Por un lado, no estamos en carpas o muriéndonos de hambre y enfermedades, como vemos en otros lugares. Pero por el otro, todo se va estableciendo como definitivo. Nos dicen que nos van a construir un barrio pero no hay nada. Y la verdad es que estamos viviendo de las ayudas que vienen de Noruega o Canadá”, cuenta Mario Bleute, un hombre de origen alemán, ex supervisor de una maderera, que perdió absolutamente todo con el tsunami. “Para mí esto es definitivo. Acá vamos a terminar muriendo de viejos”, se resigna. Otra vecina, María Cecilia Torres, habla de corrupción. “Aquí ha habido mucha sinvergüenzura. Hay muchos que no son `terremoteados´ y que recibieron casas igual. Las tienen cerradas y esperan a que les den el subsidio”. Por la calle polvorienta aparece Graciela Peña con su nieto que fue a buscar a la guardería. “Acá hay mucha depresión. Tenemos miedo cada vez que tiembla. Antes no le daba importancia pero ahora cuando empieza a temblar un poquito salgo arrancando para afuera. No quiero ni pisar la playa, po”, relata con tristeza. Iris, una de las maestras de la escuela dice que al principio los chicos no paraban de contar cómo habían corrido hacia los cerros o cómo la madre lloraba pero que un año más tarde ya no hablan del episodio y que se van acostumbrando al nuevo barrio.

Eufrasia Lozano asegura que la peor parte la están pagando los más viejos. “Tenemos que ir con los tientos a buscar agua por allá. Para ducharnos tenemos que ir a unos baños más lejos. Lo único que tenemos es la luz, gracias Dios”, comenta mientras amasa unos panes con chicharrones y los coloca en un horno de barro que se armó en su pequeña vereda.

El drama de los damnificados es evidente. Pero también es claro que cuentan con una infraestructura muy buena para sobrevivir y que haciendo un recorrido de más de mil kilómetros entre Santiago y Concepción, pasando por Talca, Iloca, Talcahuano, Dichato y Curicó, no se ven escombros. Todo lo que destruyó el terremoto ya fue levantado o demolido. También se repararon los principales puentes, rutas y autopistas. Y el resto está en construcción. A la semana siguiente estoy frente al presidente Sebastián Piñera, que asumió 12 días después del terremoto sucediendo a la socialista Michelle Bachelet. Comienza por poner el terremoto y maremoto en contexto: 521 muertos, 56 desaparecidos, 370.000 viviendas dañadas, 200.000 totalmente destruidas (una de cada diez casas del país sufrió los efectos), 79 hospitales -uno de cada tres-gravemente dañados, cayeron 211 puentes, una de cada tres escuelas quedó destruida, 30.000 millones de dólares en pérdidas. Y de inmediato, Piñera se acomoda su corbata roja siguiendo un extraño protocolo de una sucesión de tics nerviosos que padece desde chico y recita una serie de datos extraordinarios: en 45 días 250.000 niños volvieron a clase, en 60 días se reestableció el sistema de salud, en 90 días se construyeron 80.000 viviendas de emergencia, en ocho meses ya estaba completamente reestablecido el sistema de carreteras y puentes, se entregaron 135.000 subsidios para reparación o adquisición de viviendas, hay 74.000 obras entregadas o en ejecución, a los 120 días el país volvió a crecer y llegó a un robusto 5,2%. “A pesar del terremoto hemos podido cumplir con lo esencial de nuestro programa de gobierno y nos encaminamos a crecer más del 6% en este 2011”, dice con énfasis el presidente ante un grupo de corresponsales. Y lanza nuevamente lo que muchos cuestionan: “Tenemos que mantener el rumbo para ser al final de esta década el primer país latinoamericano en derrotar la pobreza y salir del subdesarrollo”.

En la calle Uno Sur de Talca, la principal en actividad comercial de la ciudad, dicen que todos estos logros no se ven en esta zona. “Acá todo se hizo por iniciativa privada. Y a pura especulación inmobiliaria. Vinieron las grandes empresas de Santiago ofreciendo menos de la mitad de lo que valen estos terrenos y se quedaron con todo. La gente no tenía para resistir”, comenta Patricio Sepúlveda, que tiene una pequeña ferretería que logró conservar. Jaime Aguilera, que vivió muchos años en la Argentina y mantiene un pequeño bar en la esquina siguiente, dice algo parecido: “Hay un tipo de acá de Talca que se quedó con la mitad del centro de la ciudad. Está construyendo edificios de tres o cuatro pisos con locales abajo con subsidios del Estado. La plata llegó directamente a manos de unos pocos privilegiados”.

Todo esto condice con la estrategia del gobierno de entregar la reconstrucción a una serie de empresas sin que esos contratos pasen por una licitación abierta o tengan la aprobación del congreso nacional o los concejos municipales. El alcalde de Talca, Juan Castro, anunció directamente que el Plan de Reconstrucción Estratégica estará en manos de la Inmobiliaria del Bosque, del grupo Hurtado Vicuña. Los trabajos de la ciudad de Constitución fueron para la empresa Celco-Arauco y los de Talcahuano a Concesud. El prestigioso Centro de Investigación e Información Periodística, CIPER, dio a conocer que del consorcio que trabaja en Constitución participa la empresa Elemental, cuyos socios fundadores son Pablo Allard, hoy encargado de la reconstrucción del Ministerio de Vivienda, y Andrés Iaocobelli, subsecretario de Vivienda.

En La Moneda, junto al presidente Piñera se encuentra la ministra de Vivienda Magdalena Matte. A ella le dirigí la pregunta sobre esta situación: “Todo lo que he encontrado en materia de irregularidades lo he entregado a la justicia. Después de un gran terremoto puede haber interés de empresas a comprar a privados. Pero nosotros no intervenimos en ese terreno. Como Estado tenemos que ocuparnos de las familias vulnerables. Los negocios entre privados son privados y ahí nosotros no podemos intervenir”.

No hubo tiempo de repreguntar. Pero algún otro indicio es posible encontrarlo en la acción directa del gobierno. Un mes después del terremoto se asignaron 8.000 millones de pesos chilenos (17 millones de dólares) para el plan de reconstrucción “Manos a la obra”, del que serían proveedores directos las grandes cadenas de materiales para la construcción: Homecenter-Sodimac, Easy y Construmart. La propietaria de Easy es Cencosud, donde el ministro de Minería y héroe del rescate de los 33 mineros de Copiapó, Laurance Golborne, fue gerente corporativo hasta entrar al gobierno. Y la empresa madre de Sodimac es Dersa, donde el canciller Alfredo Moreno era vicepresidente y accionista con una inversión personal de más de 5.000 millones de pesos chilenos.

“Acá se instaló la lógica de que el problema de la reconstrucción lo iban a resolver los privados, y a la vez, que todo iba a ser un buen negocio. La privatización de la reconstrucción ha sido parte del diseño del gobierno”, explica el presidente del Partido Socialista de Chile, el diputado Osvaldo Andrade, en su oficina de la calle París de Santiago. “Que haya empresas que estaban hasta hace días en manos de gente que ahora está en el gobierno y que se hicieron cargo de la reconstrucción no constituye para ellos una incomodidad sino que hasta les parece gracioso”, se entusiasma este hombre barbudo cuyo partido fue el eje de la Concertación que gobernó Chile en los 20 años anteriores.

Una funcionaria de un organismo internacional que sigue muy de cerca esta reconstrucción tiene una visión mucho más pragmática: “Fíjate que acá se hizo con empresas amigas pero se hizo. En Haití, con toda la ayuda internacional, no se logró nada. Todavía están todos los escombros en la calle y la gente sobreviviendo en condiciones extremas”.

En la sede de la Democracia Cristiana no hay nadie para comentar nada. Se fueron todos de vacaciones hasta fin de mes. El que me recibe en su departamento del barrio de Providencia es un altísimo funcionario del gobierno de Ricardo Lagos, y que prefiere que no se lo nombre porque “no quiero aparecer criticando al presidente fuera del país”. Pero tiene un argumento que dice que fue expuesto directamente a Piñera sin que hubiera una réplica muy lógica: “si la reconstrucción cuesta 8.500 millones y hemos financiado 3.500, los otros cinco mil salen del presupuesto y por lo tanto lo pagan los sectores pobres y medios del país”.

En Concepción, la ciudad más afectada por el terremoto, aún están muy marcadas las huellas de lo sucedido. Cuando llegamos a la dirección del hotel que teníamos reservado sólo había una obra en construcción. La entrada ahora está por la calle lateral. Toda el ala principal de cuatro pisos quedó hecha escombros el 27/F. Enfrente, por la avenida O´Higgins, sigue en pie pero muy golpeado un edificio de oficinas de 20 pisos. Todavía tiene el cartel promocionando la venta. Hay cuatro pisos caídos uno encima del otro y la terraza está desbalanceada hacia un costado. Pero el símbolo de la tragedia es el emblemático edificio Alto Río de la avenida Hermanos Carrera, frente a las vías del tren y con la vista del río Bío Bío al fondo. Cayó de espalda. Catorce pisos quebrados en dos que dejan ver uno de esos típicos edificios modernos de ambientes muy pequeños y materiales baratos. Murieron apenas 8 personas y 79 fueron rescatadas. Hoy es una atracción turística. Cientos de personas llegan acá cada día para ver “con nuestros propios ojos” lo que hizo el terremoto. Jaime Lizama, un jubilado de 70 años, llegó desde Santiago: “Esto es consecuencia de la corrupción ¿Cómo es posible que hayan podido construir un edificio que no aguanta terremotos en una zona sísmica? Si no hay un castigo ejemplar a los que lo hicieron no van a escarmentar”, dice con lágrimas en los ojos. El Alto Río no se pudo demoler aún por no estar claro el pago de las indemnizaciones y no contar con los permisos para las explosiones en medio de la ciudad. Recién la semana pasada pudieron entrar los dueños a ver si conseguían rescatar algunas de sus pertenencias. Ricardo Chandía y Karen Gollé, novios de 26 y 23 años, estuvieron allí. “Sacamos poco y nada. Fue más la impresión de regresar al lugar donde sobrevivimos de milagro que lo que encontramos”, dijeron estos chicos que esa noche a las 3:34 de la madrugada se despertaron en el medio de un sismo y un momento después volaban traspasando la pared de la cocina y el baño.

Y esta reconstrucción, que contiene aristas tan exitosas como la de tener la mayoría de la infraestructura pública reparada en menos de un año, tiene otras muy desalentadoras. Antes de dejar Concepción, la radio Bío-Bío informa que la empresa constructora con mayor cantidad de edificios dañados en el terremoto ahora se adjudicó la licitación para estabilizar y mitigar el riesgo de las demoliciones en cinco torres colapsadas. El ministerio de Obras Públicas le entregará más de un millón y medio de dólares a la empresa JCE S.A. para realizar los trabajos. La licitación fue directa y no pasó por el sistema de ChileCompra como lo estipula la ley.

En el puerto de Talcahuano está la base de la Marina que dio un primer aviso de Tsunami tras el terremoto para desdecirse unos minutos después. Todos los habitantes de la costa vieron como el mar se retiraba varios metros y hasta kilómetros, una señal clara de que vendría el maremoto. Pero los marinos entendieron que ya no había peligro. Un episodio que aún está bajo investigación pero que provocó la muerte de la mayor cantidad de personas en la tragedia.

A pocos metros de la base, el capitán mercante Sergio Rodríguez invita a los turistas a hacer “El Tsunami Tour” por la bahía. Subimos a una barcaza típica del sur chileno muy bien provista, junto a un grupo de jóvenes canadienses, dos españoles, chilenos de Santiago, Copiapó y Arica. El paseo es de media hora por los diques dañados, los barcos dados vuelta, la procesadora de pescado semidestruida, los lobos marinos que juguetean en la boya y que el día del terremoto muchos dicen estuvieron avisando lo que se venía con su nerviosismo. Rodríguez cuenta el episodio de la marina y el aviso de tsunami y dice que ahora se está pensando en que el sistema de alerta quede en manos privadas. “Todo pa los privado, po. ¿Y la gente que se quedó sin na’ qué?, es la pregunta indignada, nacional y popular que lanza una señora de Chillán que está haciendo el Tsunami Tour.

Foto: Diario Clarín

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