
Un punto azul pálido
Por Daniel Arellano
Hoy, 22 de abril, se celebra una vez más el Día de la Tierra. Esta celebración se realizó por primera vez en el año 1970 y fue promovida por el senador demócrata y activista ambienteal norteamericano Gaylord Nelson. Su objetivo?:Crear una conciencia común a los problemas de la contaminación, la conservación de la biodiversidad y otras preocupaciones ambientales para proteger la Tierra.
Una de las características de esta fecha es que no está regulada por una sola entidad u organismo; tampoco está relacionada con reivindicaciones políticas, nacionales, religiosas, ideológicas ni raciales de ningún tipo. Es de la Humanidad completa.
Puede que quienes lean este post se pregunten por el título y su relación con este día. Quizás no lo sepas (aunque me imagino que muchos si), pero viene de un libro de Carl Sagan, ese gran científico fallecido en 1996. El título del libro está inspirado en la fotografía que ilustra este post, tomada por la sonda espacial Voyager en 1990, cuando se encontraba a seis millones de kilómetros de la Tierra. En esta visión del Sistema Solar tomada desde tan lejos, nuestro planeta es un simple “punto azul pálido”.
En esta conmemoración especial, más allá de lo mucho que nos queda por hacer en cuanto a cuidado del medio ambiente, sobre todo en nuestra sociedad occidental donde la ecología muchas veces se deja de lado a cambio de obtener mayores ganancias, las palabras que el mismo Carl Sagan escribiera con respecto a este foto, deberían hacernos reflexionar sobre como tratamos hoy a nuestra casa, este pequeño, pero a la vez enorme, “punto azul pálido”. Y ojalá recordemos que los 365 días del año deben ser el Día de la Tierra.
“Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es casa. Eso es nosotros. En él se encuentra todo aquel que amas, todo aquel que conoces, todo aquel del que has oído hablar, cada ser humano que existió, vivió sus vidas. La suma de nuestra alegría y sufrimiento, miles de confiadas religiones, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de la civilización, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada esperanzado niño, inventor y explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí – en una mota de polvo suspendida en un rayo de luz del sol.
La Tierra es un muy pequeño escenario en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades visitadas por los habitantes de una esquina de ese pixel para los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina; lo frecuente de sus incomprensiones, lo ávidos de matarse unos a otros, lo ferviente de su odio. Nuestras posturas, nuestra imaginada auto-importancia, la ilusión de que tenemos una posición privilegiada en el Universo, son desafiadas por este punto de luz pálida.
Nuestro planeta es una mota solitaria de luz en la gran envolvente oscuridad cósmica. En nuestra oscuridad, en toda esta vastedad, no hay ni un indicio de que la ayuda llegará desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos.
La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, en este momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos.
Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad y construcción de carácter. Quizá no hay mejor demostración de la tontería de los prejuicios humanos que esta imagen distante de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amablemente, y de preservar el pálido punto azul, el único hogar que jamás hemos conocido.”