Lengua muerta

Los monjes terminaron su misa de la mañana. Luego de que las paredes de la abadía albergaran sus cuidadas voces en un perfecto canto gregoriano, cada uno de ellos se retiró a sus habitaciones a seguir con sus oraciones del día. La abadía se encontraba enclavada a la mitad de un monte medianamente alto, por lo cual tenía el aislamiento suficiente y necesario como para que nadie se distrajera ni tampoco les fuera exageradamente complicada la vida. El monje más joven de la abadía lleva menos de un año en el lugar. Cuando niño y adolescente participaba activamente en el coro de la iglesia, por tanto el lugar donde estaba lo llenaba plenamente. Esperaba la llegada de cada mañana para sacar a relucir su único orgullo: la voz… pero luego un sentimiento de culpa lo invadía por pecar de orgulloso, lo cual lo dejaba el resto del día a merced del sufrimiento. Pese a que el abad le repetía una y otra vez que su voz era un don del Padre y que sólo la usaba para dedicar cantos a El, su alma lo torturaba. Así, un día optó por no cantar, lo cual fue inmediatamente corregido por su abad.

¿Qué hacer? Le encantaba cantar, cada vez que lo escuchaban lo bendecían, y al escucharlos, y escucharse, nuevamente el orgullo llenaba su corazón y el dolor lo embargaba. Llegó un instante en que, no hallando salida, decidió flagelarse cada vez que un dejo de orgullo lo asaltara. Durante dos semanas, luego de terminar de cantar en la misa, se encerraba en su cuarto y se golpeaba con furia, hasta que el pecado desaparecía de sí. Al empezar la tercera semana, en plena misa se desmayó. Con horror el abad recibió el diagnóstico del médico: anemia… fue tanta la sangre perdida por las heridas de su espalda, que necesitaría nutrición especial.

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Chile: la hipocresía y el machismo a la orden del día

“Más vale un minuto de vida franca y sincera que cien años de hipocresía” (Ángel Ganivet)

Aunque le hago quite a los programas de farándula y todo aquello que se le vincule finalmente terminé enterándome del llamado “escándalo de la semana”: el video de Valentina Roth y Raquel Calderón.

Más allá de lo que aparecía en las imágenes (y que no tiene nada del otro mundo), me sorprendió la reacción de la gente. Harto comentario moralista, mucho chaqueteo y demasiado doble discurso, me confirmó una vez más qué tan hipócritas somos los chilenos.

No somos unas blancas e inmaculadas palomas; muchos hemos cometido errores y más de alguna vez nos hemos mandado un “condoro” que queremos borrar de nuestra historia. Entonces ¿con qué moral criticamos a Kel y Valentina? ¿Tan hipócritas nos estamos poniendo?.

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Y el mea culpa de la Concertación… ¿cuándo?

Me declaro parte de ese 48% de chilenos que, entre fines de 2009 y principios de 2010, buscó mediante su voto evitar que la Derecha llegase al poder. Si bien a la hora de sufragar muchos se inclinan por aquel candidato cuyas promesas de campaña mejor busquen satisfacer las necesidades -individuales y colectivas- que se estima deben ser resueltas con mayor urgencia, quiero pensar que el electorado tiene también en vista cuestiones más de fondo, principalmente de naturaleza ideológica, al momento de tomar la trascendental decisión de optar por uno u otro candidato.

Cuando hablo de “ideologías” no pretendo con ello referirme a adoctrinamientos político partidistas, sino que al simple ejercicio de evaluar qué tipo de conducción estadual nos parece más propicio y nos identifica más: si acaso uno más social y solidario, o bien, otro de corte más individualista. Tanto aquí como en la quebrada del ají, un gobierno de Derecha es radicalmente distinto de uno de Izquierda, y no hay que ser experto en Teoría Política para advertir aquello.

En lo que a mí concierne, cada vez que me ha tocado ir a las urnas en elecciones presidenciales he intentado ser consecuente con lo anterior. Opto por aquellos candidatos que ofrecen un programa realista y viable, encaminado a la solución de las más urgentes necesidades de la población (muchas de las cuales obviamente me empecen), pero también tomando en cuenta que existen ciertos valores y principios que me identifican, y que estimo deseable sean los que determinen la forma en que se conduce el país.

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El trailer definitivo de The Dark Knight Rises

Después de mucha especulación y filtraciones, en el día de ayer se lanzó a la red, de manera oficial, el trailer definitivo de la película que cerrará la trilogía de Batman a cargo de Michael Nolan.

En esta oportunidad veremos a Batman 8 años después de los acontecimientos sucedidos en The Dark Knight mientras que un nuevo villano conocido como Bane será el encargado de llevar el caos a Ciudad Gótica y ¿terminar? con Batman.

La película se estrenará en Chile el 26 de julio, una semana después de su estreno en USA. El trailer después del salto.

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Invitación

Algo raro se notaba en el ambiente. Un aire tenso circundaba a todos, como si todos supieran que algo iba a pasar pero nadie fuera capaz de definir qué. El entorno era extraño: una sala de reuniones llena de desconocidos que habían llegado al lugar con una tarjeta de invitación sin remitente. No había nada en común entre ellos, era el grupo más heterogéneo posible de formar: hombres y mujeres de todas las edades y condiciones socioeconómicas. Lo único que los unía era una tarjeta blanca con sus nombres, la dirección del lugar, la fecha, la hora y el número 100.000 bajo éste.

Cien mil… ¿qué? Si alguien se había molestado en enviarles una tarjeta personalizada a tantas personas debía ser dinero. ¿Qué más podía ser 100.000? ¿Años, condenas, vidas, demandas, qué? En la medida que iban llegando y entrando a la sala, todos se miraban entre sí tratando de encontrar en los otros algo de sí mismos. Pero no había nada que los hiciera intentar dirigirle la palabra al que estaba al frente o al lado de cada cual. Al parecer el silencio era el segundo factor en común.

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Servel, redes sociales y privacidad

Estamos ya casi acostumbrados que cada cierto tiempo “explota” una polémica en las redes sociales. Ahora el turno es del Servicio Electoral.

Este miércoles, el Servel dio a conocer la nueva cifra de los inscritos tras la puesta en marcha de la ley de inscripción automática y voto voluntario. Se informó que los nuevos votantes recibirían en sus domicilios una carta en la cual se les informaba de esta situación. Todo bien hasta que alguien dio la alarma de que ingresando a la web de este organismo público se puede acceder con facilidad a datos personales de cualquier votante…y ardió Troya.

Abogados ofreciendo sus servicios para demandar al Servel, gente que pedía las penas del infierno, otros emitiendo fuertes críticas, uno que otro chiste y bastante bla-bla. Sin embargo, la posibilidad de acceder a los datos de una persona, a través del portal del Servel, es una situación que se ha podido realizar desde hace años. Fue el propio director de este organismo, Juan Ignacio García, quien aseguró que la información sobre registro electoral existe hace mucho tiempo y que el propio Tribunal Constitucional estableció que la información también es pública; “pero eso sí, limitando los datos que se puedan dar”, afirmó García.

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Ministros “presidenciables”: Disimulen un poquito

¿Será posible que, a estas alturas del partido, a alguien le impresione ver a uno o varios Ministros de Estado utilizando sus respectivas carteras como plataforma de una eventual carrera presidencial?. Quizás ya a nadie le impacte, pues este fenómeno no es exclusivo de este Gobierno y se ha dado también en períodos presidenciales de la Concertación. Sin embargo, no recuerdo a Lagos en Educación y Obras Públicas, o a Bachelet en Salud y Defensa manifestando tan pública y abiertamente su aspiración de competir por la Primera Magistratura.

Teniendo en cuenta que nuestra Constitución Política no contempla la posibilidad de reelección inmediata, es lógico que la facción gobernante se esmere en potenciar delfines, continuadores de la “obra” realizada por ella. Y sí, digo “obra” así, entre comillas, pues creo que los votantes ya no se compran con tanta facilidad la pomada de “trabajar por el bien común” como fundamento de ese afán por acceder al poder, cuestión que se explica por sí misma en base al descrédito en que ha caído la clase política.

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